Lo vivido este martes en el Ayuntamiento de Elche no debería pasar como un episodio más. No es ruido político sin importancia. Es una señal clara de hasta dónde puede llegar la degradación del debate cuando quienes tienen la responsabilidad de representar a la ciudadanía optan por el insulto en lugar de la palabra.
En mitad de la sesión plenaria, el concejal de Vox, Samuel Ruiz, se dirigió a la portavoz de Compromís, Esther Díez, con un insulto directo: “idiota”. Sin matices. Sin rectificación inmediata. Sin el más mínimo respeto por el lugar en el que se encontraba ni por la institución a la que representa.
No es solo una palabra. Es lo que implica. Es el síntoma de una política que ha decidido bajar el listón hasta el subsuelo, donde todo vale con tal de imponer ruido sobre el argumento. Porque cuando el insulto sustituye al debate, lo que se pierde no es la forma: es la esencia misma de la democracia.
Y lo más preocupante es que no ocurrió en frío. El pleno ya venía cargado desde antes de empezar. Un grupo de mujeres intentó desplegar una pancarta en defensa del derecho al aborto dentro del salón de plenos. La reacción de un hombre, que respondió de forma violenta, obligó a intervenir a la Policía Local de Elche para evitar que la situación se descontrolara.
Dos escenas que no son casuales. Son el reflejo de un mismo clima: el de una tensión creciente que ha convertido determinados debates, especialmente los relacionados con los derechos de las mujeres, en auténticos campos de batalla. Y lo que ocurre fuera ya no se queda fuera. Ha entrado de lleno en las instituciones.
Pero hay algo aún más inquietante: la sensación de que esto empieza a normalizarse. Que el insulto en un pleno ya no escandaliza como debería. Que el espectáculo bronco va ganando terreno al debate serio. Y eso es un problema. Un problema serio.
Porque el pleno municipal no es un plató ni una red social. Es el espacio donde se toman decisiones que afectan a miles de personas. Y cuando ese espacio se convierte en un escenario de confrontación permanente, lo que se transmite a la ciudadanía es desafección, hartazgo y distancia.
La sesión siguió adelante, sí. Pero lo ocurrido deja una huella que va más allá de un momento puntual. Deja la imagen de una institución tensionada, desgastada y atrapada en una dinámica donde el respeto parece haber dejado de ser una prioridad.
Y mientras tanto, fuera, la gente sigue esperando algo mucho más simple y mucho más importante: política útil, debate real y soluciones. Justo lo contrario de lo que se vio en ese pleno.


