En muchas mesas de Elche y del entorno, el gesto es casi automático: se abre una tarrina, se corta pan y se comparte un paté. Da igual si es ibérico, a la pimienta o a las finas hierbas. Y, sin embargo, la duda aparece una y otra vez: ¿por qué se llama paté si no lleva hígado de pato? ¿Y es realmente el paté de pato el único auténtico?
La respuesta no está en el etiquetado moderno, sino en siglos de historia culinaria.
La palabra paté procede del francés pâté y, en su origen, no describía un animal, sino una forma de preparar los alimentos. Se trataba de una pasta o masa elaborada con carnes picadas muy finas, mezcladas con grasa, especias y, en ocasiones, hígado. Lo importante era la textura untable y la técnica, no el ingrediente concreto.
A lo largo de los siglos, el paté se preparó con productos muy variados: cerdo, aves, caza, pescado e incluso verduras. El uso del hígado era frecuente, pero no exclusivo del pato. En muchas zonas de Europa, el hígado de cerdo fue —y sigue siendo— uno de los más utilizados por su sabor y su fácil acceso.
La confusión se populariza cuando el foie gras, elaborado a partir del hígado graso de pato u oca, se convierte en un símbolo de la alta gastronomía. El foie gras puede servirse solo o emplearse para hacer paté, pero no define por sí mismo lo que es un paté. De hecho, el propio término foie gras significa “hígado graso” y nombra un producto específico, no una categoría general.
Esta diferencia está reconocida también a nivel legal. La normativa alimentaria española y europea distingue entre paté, paté de foie, foie gras, mousse o terrina, estableciendo requisitos concretos según los ingredientes y el proceso de elaboración. El nombre paté responde a la preparación, no al tipo de animal del que procede el hígado.
Por eso, cuando en una tienda de Elche encontramos un paté ibérico o un paté a las finas hierbas, no estamos ante un uso incorrecto del término, sino ante una denominación gastronómica plenamente válida. Son pastas untables elaboradas siguiendo una técnica tradicional reconocida desde hace siglos.
Hoy, además, existen patés vegetales o de pescado, que conservan el nombre porque respetan esa forma de elaboración y esa textura característica. Una prueba más de que el paté no pertenece a un solo ingrediente, sino a una manera de cocinar.
Entonces, ¿es el paté de pato el auténtico paté?
La respuesta es clara: es uno de los más apreciados, pero ni es el único ni fue el primero. El paté no nació del pato, nació de la cocina. Y la cocina, como la historia, siempre es más compleja —y más interesante— de lo que parece.



